¿Qué sería de nuestras vidas si no tuviéramos que supeditar nuestra capacidad de trabajo a conseguir un salario para pagar las necesidades básicas: vivienda, agua, alimentación, etc.? Esta pregunta es un punto de partida para reflexionar sobre cómo funciona el sistema productivo vigente, y cuál es el futuro catastrófico al que nos conducen las élites políticas y económicas. Es urgente cuestionar de raíz la precarización cada vez más extendida en nuestra sociedad.
La actual reforma laboral impuesta por el PP profundiza las ya iniciadas por el gobierno del PSOE, bajo las doctrinas neoliberales. Se facilitan los despidos, se ajustan al máximo los salarios, se deslegitiman los convenios colectivos y se anulan nuestras herramientas para defender el trabajo. Esta continuada reforma laboral reduce progresivamente los derechos conquistados históricamente por las luchas, con la paradójica promesa de aumentar el empleo.
Quienes trabajamos ya hemos experimentado que el debilitamiento de nuestros derechos no produce el prometido crecimiento. Más bien se concentra el poder y la riqueza en el capital y las élites. Si se abarata lo que el trabajo le cuesta al capital, se generaliza un modelo basado en la lucha por la supervivencia de la mayoría, coronado por el privilegio privilegio de unos pocos. Como bien sabemos, la reducción de los derechos de quienes trabajan va de la mano de una eliminación cada vez mayor de las becas, los subsidios, de las ayudas al desempleo. No es un problema futuro, sino una urgencia ya presente. ¿Cómo quieren que sobreviva aquella parte cada vez mayor de la sociedad que se encuentra desprotegida?
Reconocer que la riqueza se produce de manera cooperativa y que es necesario repartirla de forma justa es la clave para construir otro modelo productivo.
La vida y el mercado no son sinónimos. No solo producimos cuando lo reconoce el capitalismo o el mercado. Es necesario diferenciar ‘trabajo’ de ‘empleo’. Quienes no tienen empleo, también trabajan. Trabajamos y producimos mientras ejercemos los cuidados, estudiamos, reciclamos, usamos internet, nos comunicamos y luchamos por nuestros derechos. En una palabra: producimos riqueza mientras vivimos y construimos nuestra sociedad.
Es necesaria una reforma fiscal que grave los mayores beneficios del capital, los bienes patrimoniales y los flujos financieros como un primer paso para un reparto equitativo de la riqueza. Pero sobre todo es imprescindible repartir los beneficios económicos que resultan de la cooperación social, sea en forma directa (monetaria), sea en forma indirecta (acceso universal a transporte, salud, vivienda o educación). Una Renta Básica Universal permitirá acabar con la supeditación de la vida y del trabajo de cooperación social al neoliberalismo.
Exigimos la garantía de nuestra existencia. Tenemos que pensar en qué consiste una buena vida. No queremos una vida sometida a la acumulación de la riqueza, sino que la riqueza social que producimos esté destinada a hacer sostenible nuestra vida en sociedad. Para que nuestro trabajo no esté obligatoriamente sometido al empleo, sino que esté liberado y sea útil para nuestra vida en común.
Este Plan de Rescate Ciudadano (PRC) pone en red, apoya y amplifica a los colectivos que proponen acciones directas para conseguir el cambio.

Para trabajar en este tema estamos en contacto con: Inflexió, Universidad Nómada.
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